La espada descansa en su vaina, toco el mango con mis manos,
la advierto tibia y sedienta de sangre.
Mi corazón late tranquilo y sin pausa, sin pasado y sin futuro.
Con los pies arraigados
al costado del camino reposa al
sol la sombra de la que fui, que ya fue olvidada en este paraje incierto.
Guerra entre yo y mis otras yo, carne que se pudre, perseguidores
perseguidos.
La espada se hunde en algún lugar remoto, una flor carmesí
se dibuja en el reflejo de un espejo.